No podía ser de otra manera. Febrero inició con una nueva escalada de violencia que exhibe, sin duda, una nueva escenografía del terror en ominosa imitación a los enajenados estadounidenses que balean, sin ton ni son, a sus propios compañeros en las universidades únicamente para llamar la atención sobre sus propias sicopatías. En Ciudad Juárez un comando asesina a 15 personas durante una fiesta de preparatorianos; en Torreón, en la misma jornada, otro escuadrón de la muerte se lleva por delante a 10 parroquianos de un bar. Y en la misma jornada.
Días atrás, el ruidoso caso del futbolista Salvador Cabañas, quien fue víctima de un extraño incidente en un antro de la Ciudad de México, pasadas las cinco de la madrugada, convocó las mayores coberturas como si la celebridad de un solo individuo opacara el aparente anonimato de cientos de víctimas a lo largo de la geografía mexicana. Peor fue cuando una baladista, hija de la gran Silvia Pinal, luego de operarse los glúteos se convirtió en el centro de atención de los mexicanos que apenas reparaban en el creciente número de ejecutados y asaltados, además de violaciones y otras afrentas con el sello de la sexualidad pervertida, esto es cuando una condición natural se convierte en pretexto para detonar conductas abiertamente contrarias a la civilidad.
Preocupa, sin duda, la permanente distorsión de valores y el efecto que ello causa sobre una sociedad mediatizada, pero no correctamente informada. Como se trata, en no pocos casos, de atemperar las cifras de la violencia, es preferible concentrar la atención general en algunos casos que no son los más significativos en cuanto a la oleada criminal aun cuando exhiben la vulnerabilidad del colectivo, y de los famosos, que acaso se atraviesan al paso de la prepotencia materializada en quienes se sienten inalcanzables y, por ende, intocables. Ésta es, sin duda alguna, la peor mafia de todas y el mayor de los flagelos sociales. Se mide, acaso, por el número de guaruras que usan. Una perspectiva, francamente, desoladora.
Algunos colegas, especializados en el rubro deportivo, me han manifestado recientemente su preocupación acerca de que lo sucedido al americanista Cabañas, eje igualmente de la selección paraguaya que puso sobre las cuerdas a los siempre presumidos gauchos con todo y su “dios” Maradona, pudiera ser revelador de hasta donde llegan los intereses financieros entra las mafias... futbolísticas, convertido este deporte en un auténtico almacén de altos especuladores que quieren hincarles los dientes a los botines multimillonarios de mundiales y eventos continentales.
Cuando uno se entera, por ejemplo, que el Real Madrid, en España, desembolsó trescientos millones de euros en la renovación de su plantilla –incluyendo el traspaso del carísimo Cristiano Ronaldo por cuya firma se invirtieron ciento treinta millones de la misma moneda, más de dos mil millones de pesos-, el asunto deja de ser anecdótico y converge necesariamente, al caudaloso canal de las inversiones de altos vuelos, contaminadas tantas veces por la infiltración de las bandas más lacerantes. ¿No es igualmente ilustrativo cuanto corre por los corrillos del Mundial cuando éste torneo, bien lo sabemos, se ha convertido en festín millonario para un selecto grupo que saben explotar la devoción, ya no la afición, de los públicos enfebrecidos por todo el planeta. ¿Para esto sirve la globalización?
No es correcto aventurar hipótesis cuando la vida de un hombre está en juego. No obstante, la emergencia obliga a plantear soluciones y se antoja indispensable para ello la información precisa, libre de las diatribas que generan compromisos insondables, acerca de los hilos conductores criminales en una etapa, insisto, en el que se han perdido valores, rastros y huellas en aras de las complicidades soterradas. No vaya a ser que, de tanto repetirse las desviaciones judiciales, se conviertan en costumbre, es decir como parte de las cortinas de humo que ocultan las verdaderas vertientes.
Los cronistas deportivos, por supuesto, justifican su parquedad aduciendo que lo de ellos es, nada más, cubrir las justas y sus efectos sobre la gran masa. No los asuntos policíacos. No obstante, igualmente tienen la obligación de aportar cuanto saben respecto a los enlaces superiores, en las cúpulas empresariales, que determinan la marcha de los deportes masivos, con el fútbol encabezándolos y el consiguiente beneplácito de anunciantes y consorcios informativos que sudan las manos –dicen- para socorrer a los inválidos pero gastan diez o cien veces más, lo que sea, para invertir en el torneo mundialista como si en ello se les fuera el honor. (México, por cierto, tenía fama de ser la única nación en la que dos cadenas televisivas se esmeraban por difundir todos los encuentros futboleros del Mundial; ahora la televisión de paga y los eventos con tarifas especiales, dominadas por el duopolio que concentra la televisión privada, obliga a estrechar ciertas coberturas).
Lo dicho: en materia de valores distorsionados, México también aspira al podio.
Debate
Resulta odioso que, ante tal panorama –y otros más-, los panegiristas de la continuidad sigan insistiendo que, en todo caso, el pasado inmediato es peor para zanjar así, más bien tímidamente, el diferendo sobre la recuperación del PRI justificando con ello las alianzas controvertidas con la izquierda perredista que no cesa en su empeño de mantener la ambigüedad de ser parte de un gobierno, en el Legislativo, al que no reconocen legitimidad alguna por la usurpación del Ejecutivo federal.
Desde luego, no habíamos llegado a este nivel de depredación social y política, también moral, que se revela, cada día, en plena batahola de reacomodamientos en los escenarios de la vida institucional. Por allí se filtra, entre otras cosas, que algunas capturas próximas han sido previamente concertadas con los integrantes superiores de las mafias del narcotráfico. Sobre el particular, y como consecuencia de nuestro señalamiento de que no se ha tocado al “cártel de Sinaloa” a lo largo de la administración calderonista, una fuente cercana a los vertederos de Los Pinos, me aseguró:
--Apúntalo: en marzo caerá “el chapo” (Guzmán Loera). Ya está arreglado.
La cuestión entonces recalaría en una interrogante lógica: ¿A qué costo? Máxime en un año, 2010, que resultará clave para la carrera por la sucesión presidencial en 2012, sobre todo en cuanto toca a la ocupación de los vacíos de poder y el consiguiente desplazamiento de algunos grupos, de adentro del gobierno, por la ausencia de liderazgos con capacidad para remontar la cuesta de las descalificaciones públicas.
Lo anterior confirmaría, igualmente, que el régimen en curso sigue planteándose la posibilidad de negociar con los cárteles y los capos alguna “salida” a la crisis de las vendettas mutuas que han paralizado a medio país. Un arma en poder del sector público es la posibilidad de legalizar el consumo de estupefacientes para abatir precios y distender los combates contra los traficantes. Ello conllevaría el enorme riesgo de que, al principio, se extendiera el vicio al salir las drogas de la clandestinidad, aunque no sé si hubiera mucha diferencia con la forma en la que los distribuidores operan ahora: negar las facilidades con las que, por ejemplo, se ofrecen psicotrópicos en los bares de las ciudades mexicanas, a jóvenes y adultos por igual, sería tanto como elevar las cortinas de la tolerancia ignominiosa. ¡Y no digamos en la frontera norte!
Mientras tanto, los estigmas siguen surcando el rostro de una nación atenaceada.